sábado, 22 de enero de 2011


“Al enfermo, lo dulce le sabe amargo" dice Al Ghazali.

Esto podría traducirse a decir que para el ego hay frustración más bien que placer en las cosas que son dulces para el yo sano. Hasta el punto en que eso es así, un enfoque de tendencia hedonista no puede dar resultado. Aunque es cierto que la verdad puede liberarnos del sufrimiento, la verdad no viene sin algún sufrimiento. En el camino hacia el paraíso no parece haber alternativa a una temporada en el purgatorio -sino en el infierno. En un viaje así, el desapego es el vehículo de elección, mientras que la comodidad propia y la auto-protectividad temerosa son obstáculos.

El vacío fértil. Paco Peñarrubia.

Cuadro Rene Magritte

miércoles, 19 de enero de 2011

The Matrix


Maya es una especie de sueño, de trance. A menudo a esta fantasía se le denomina mente, pero al mirarle más cerca lo que llamamos mente es fantasía. El escenario de los ensayos.

Perls.

Ilustración Agnés Mateu

lunes, 3 de enero de 2011

a tientas...


"...a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino

que no se sabe dónde acaba".


Benedetti.
Fotografía Gregory Colbert

sábado, 1 de enero de 2011


Ni el pormenor simbólico

de reemplazar un tres por un dos

ni esa metáfora baldía

que convoca un lapso que muere y otro que surge

ni el cumplimiento de un proceso astronómico

aturden y socavan

la altiplanicie de esta noche

y nos obligan a esperar

las doce irreparables campanadas.

La causa verdadera

es la sospecha general y borrosa

del enigma del Tiempo;

es el asombro ante el milagro

de que a despecho de infinitos azares,

de que a despecho de que somos

las gotas del río de Heráclito,

perdure algo en nosotros:

inmóvil.

Borges. Fervor de Buenos Aires. 1923

sábado, 25 de diciembre de 2010


El oráculo retumba en el interior.

Marta Gómez (en interacción...).

Fotografía Anna Fenoy

martes, 14 de diciembre de 2010



El mar sólo es un conjunto de olas sucesivas, igual que la vida se compone de días y horas, que fluyen una detrás de otra. Parece una división muy sencilla, pero esta operación, incorporada a la mente, ha salvado del naufragio a innumerables marineros y ha ayudado a superar en tierra muchas tragedias humanas.
Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Conrad. En medio de un gran temporal, el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concentrada que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero. Como las olas del mar, los días y las horas baten nuestro espíritu llevando en su seno un dolor o un placer determinado que siempre acaba por pasar de largo.
Cuando éramos niños desnudos en la playa no teníamos conciencia del mar abstracto sino del oleaje que invadía la arena y contra él se establecía el desafío. Cada ola era un combate. Había olas muy tendidas que apenas mojaban nuestros pies y otras más alzas que hacían flotar nuestro cuerpo; algunas llegaban a inundarnos por completo con cierto amor apacible, pero, de pronto, a media distancia de nuestro pequeño horizonte marino aparecía una gran ola muy cóncava adornada con una furiosa cresta de espuma que era recibida con gritos sumamente excitados. Los niños nos preparábamos para afrontarla: los más audaces preferían atravesarla clavándose en ella de cabeza, otros conseguían coronarla acomodando el ritmo corporal a su embestida y quienes no veían en ella una lucha concreta sino un peligro insalvable quedaban abatidos y arrollados. Con cuanto placer dormía uno esa noche con los labios salados y el cuerpo cansado, abrasado por el sol pero no vencido.
La práctica de aquellos baños inocentes en la orilla del mar es la mejor filosofía para sobrevivir a las adversidades. El infinito no existe, el abismo sólo es un concepto. Las pequeñas tragedias de cada día se componen de olas que baten el costado de nuestro navío. La única sabiduría consiste en dividir la vida en días y horas para extraer de cada una de ellas una victoria concreta sobre el dolor y una culminación del placer que te regale. Una sola ola es la que te hace naufragar. De esa hay que salvarse.

Manuel Vicent:
Las olas.


Pintura Agnés Mateu. Agua fluye.

viernes, 10 de diciembre de 2010


(...) Nadie puede computar ese vértigo, la cifra de lo que multiplican los espejos, de sombras que se alargan y regresan, de pasos que divergen y convergen.

J.L. Borges, Antología poética.

Fotografía Imanol Uribe Cornelles